Pasto, Nariño — La campaña de Teresita Enríquez Rosero rumbo a una nueva reelección en la Cámara de Representantes no avanza sin resistencia. Por el contrario, cada vez son más los ciudadanos que cuestionan su permanencia en el Congreso y ponen en duda los verdaderos resultados de su gestión para el departamento de Nariño.

Luego de varios años ocupando una curul, la congresista ha presentado proyectos y participado en debates, pero en las calles, veredas y municipios la realidad sigue siendo la misma: vías en mal estado, falta de empleo, crisis en salud, abandono del campo y pocas oportunidades para los jóvenes. Para muchos nariñenses, las iniciativas anunciadas desde Bogotá no se traducen en soluciones reales ni en cambios palpables.


La sensación de estancamiento es cada vez más fuerte.

Comunidades enteras aseguran que, pese al tiempo que Enríquez ha tenido en el poder, Nariño continúa rezagado y sin transformaciones visibles, lo que ha despertado inconformidad y desconfianza frente a la política tradicional.

A esto se suma un creciente clamor por caras nuevas y liderazgos distintos, que rompan con el continuismo de los mismos nombres que se repiten elección tras elección sin resultados concretos para la gente.

Jóvenes y líderes sociales reclaman representantes que verdaderamente defiendan al departamento y gestionen obras, recursos y oportunidades reales.
Aunque la candidata aún conserva estructuras políticas y apoyos partidistas, el respaldo ciudadano ya no parece tan sólido como antes. El desgaste es evidente y la pregunta que hoy resuena en Nariño es clara:
¿seguir apostándole a una clase política que no ha cambiado la realidad del departamento o abrirle paso a una verdadera renovación?

La contienda de 2026 podría marcar un punto de quiebre entre la vieja política y una ciudadanía que exige hechos, no discursos.

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